Pablo Iglesias sueña con hacer caja con su reliquia capilar como si fuera un trozo del Muro de Berlín

El expodemita, apodado ‘el coletas’ o ‘el chepas’, confiesa que aún guarda su pelamen en casa “para vendérsela a un millonario”
España29 de marzo de 2026 Javier Salinas

Es único e irrepetible. Es el podemita Pablo Iglesias, ese orgullo del castrismo, del comunismo más retrógrado (el único que hay) de la Venezuela del chavismo, la muerte y la oscuridad. En lo que sin duda es la confesión más patética del año político, Pablo Iglesias ha desvelado en el pódcast cubano Es la idea (sí, en Cuba, donde los millonarios escasean tanto como la comida) que todavía conserva su famosa coleta en un cajón de casa. Y no, no la guarda como recuerdo sentimental de sus años de “revolución”. La guarda porque, según él, su “sueño” es vendérsela a “un millonario de estos que tienen en su despacho cosas como una piedra del muro de Berlín”. Palabras textuales.

Págame bien cara la coleta que yo te la vendo, que con esa plata yo puedo hacer política”, soltó el exvicepresidente del Gobierno con la misma cara de póker con la que antes exigía expropiaciones y salarios máximos.

El mismo tipo que en 2020 se cortó la coleta porque “mis hijos me tiran del pelo” y porque, según confesó ahora, “había demasiada maldad acumulada en ese pelo”. Traducción: el moño se había convertido en un símbolo tan tóxico que ni él lo soportaba ya en el espejo.

La coleta, esa que durante años fue el emblema del chavismo de salón, del populismo con iPhone y del “no es no” a todo lo que oliera a sensatez, ahora se convierte en mercancía de coleccionista. Imagínenselo: un oligarca ruso, un jeque árabe o un empresario de esos a los que Iglesias llamaba “casta” pagando una fortuna por el mechón de pelo del hombre que quería “asaltar los cielos”. Ironía nivel experto.

Marketing políticos

Mientras tanto, en la izquierda caviar se hace el silencio. Porque reconocer que el gran adalid de la “gente corriente” está monetizando su antigua imagen de Che Guevara de barrio es reconocer que todo era postureo. Que la coleta no era símbolo de lucha, sino de marketing político. Y que, ahora que ya no da votos ni likes, toca sacarle rendimiento en el mercado que tanto denostaban.

Fuentes cercanas al entorno de Iglesias aseguran que la coleta se conserva “en perfecto estado de incorruptibilidad”, como si fuera una reliquia sagrada de la Transición al comunismo que nunca llegó. Otros, más sarcásticos, ya la comparan con las uñas de Franco o los dientes de Lenin: reliquias de un pasado que algunos no logran superar.

¿Cuánto pedirá por ella? ¿Diez mil euros? ¿Cien mil? ¿Un millón? Lo que está claro es que, con la izquierda española en caída libre, hasta el pelo de Pablo Iglesias se ha convertido en un activo más rentable que sus discursos. Bienvenidos al Podemos 2.0: del “que paguen los ricos” al “que me pague un rico por mi coleta”.

Y mientras, en casa de Iglesias, la coleta sigue esperando su comprador. Como él mismo: a la espera de que alguien, en algún sitio, siga creyendo en su marca.

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